Las estaciones de tren antiguas tienen un sonido propio.
No es solo el tren llegando. Es todo lo que ocurre alrededor.
El eco de los pasos sobre el suelo de piedra.
Una maleta con ruedas que suena diferente al pasar por las juntas del suelo.
La voz lejana del altavoz anunciando un destino que quizá nunca habías pensado visitar.
En algunas estaciones el tiempo parece haberse quedado en otro ritmo.
Los relojes grandes siguen marcando las horas con una calma que no tienen los aeropuertos. Los bancos de madera han visto pasar generaciones de viajeros. Y en el bar de la estación siempre hay alguien esperando el tren con un café que se enfría lentamente.
Hay despedidas rápidas y abrazos largos.
Gente que se va durante unos días y gente que se va durante años. Personas que miran el panel de salidas con nervios y otras que simplemente observan las vías como si estuvieran recordando algo.
Cuando el tren llega, todo cambia durante unos minutos.
Puertas que se abren. Maletas que bajan. Reencuentros. Despedidas. Un pequeño caos que dura lo justo.
Y después, otra vez silencio.
Solo quedan las vías perdiéndose en la distancia y la sensación de que cada tren que pasa lleva consigo un puñado de historias que empiezan en otro lugar.
Las estaciones de tren no son solo lugares de paso.
Son lugares donde los viajes toman forma.