París cambia completamente cuando empieza a llover.
No es una tormenta fuerte. Es esa lluvia fina que aparece sin aviso y cae durante horas, como si la ciudad estuviera acostumbrada a ella.
Los tejados grises empiezan a brillar. Las calles se vuelven más silenciosas. Los pasos suenan distintos sobre el pavimento mojado.
Desde una ventana alta se ve cómo la lluvia dibuja pequeñas líneas sobre las buhardillas. Los coches pasan despacio. Un autobús rojo se detiene unos segundos frente a una cafetería donde la gente se refugia con una taza caliente entre las manos.
París bajo la lluvia no se visita igual.
Los turistas sacan paraguas. Algunos se refugian bajo los toldos de los cafés. Otros siguen caminando por la orilla del Sena como si la ciudad estuviera más bonita así.
Hay algo en la lluvia que hace que todo vaya un poco más despacio.
Las conversaciones duran más. El café se bebe sin prisa. Las librerías parecen más acogedoras.
Desde el puente se ve el río oscuro moviéndose lentamente entre los edificios antiguos. A lo lejos, la torre de hierro aparece entre la neblina como una silueta tranquila.
París no pierde encanto cuando llueve.
Al contrario.
Hay ciudades que se disfrutan con sol.
Y hay otras que parecen hechas para los días grises.
París, curiosamente, pertenece un poco a los dos.