Praga tiene un momento especial antes de que la ciudad despierte.
Sucede muy temprano, cuando el cielo empieza a aclararse y las calles aún están medio vacías. A esa hora, el puente de Carlos no se parece en nada al que conocen la mayoría de los viajeros.
Durante el día está lleno de gente, músicos, pintores y fotógrafos buscando el mejor ángulo. Pero al amanecer todo es distinto.
Las estatuas aparecen como sombras oscuras contra el cielo que empieza a cambiar de color. El río Moldava corre despacio bajo los arcos del puente. A lo lejos, el castillo de Praga se recorta sobre la colina todavía envuelta en una luz suave.
Caminas sin prisa.
Tus pasos suenan más de lo normal sobre las piedras antiguas. El aire es frío y limpio. Algún fotógrafo prepara su cámara mientras espera que el sol termine de asomarse entre los edificios.
Durante unos minutos el puente parece pertenecer solo a quienes madrugaron.
Una pareja camina en silencio. Un corredor atraviesa el puente sin detenerse. Un hombre mayor se apoya en la barandilla mirando el río como si llevara toda la vida haciendo lo mismo.
Y entonces la luz cambia.
El cielo se vuelve dorado. Las torres góticas empiezan a iluminarse. La ciudad abre lentamente los ojos.
En ese momento entiendes algo sencillo.
Hay lugares que se conocen mejor cuando todo el mundo aún está dormido.