Hay un momento muy concreto en cada viaje.
No es cuando aterrizas.
No es cuando llegas al hotel.
Ni siquiera cuando empiezas a caminar por primera vez.
Es el primer café.
Sucede normalmente después de dejar la mochila, de lavarte la cara y de salir a la calle todavía con esa sensación extraña de estar en un lugar que no conoces del todo.
Buscas un bar cualquiera. No el mejor. No el más famoso. Solo uno que esté abierto.
Te sientas.
Pides café con una mezcla rara de idioma local y gestos universales. El camarero entiende perfectamente. Siempre entienden.
El café llega.
Durante unos segundos no haces nada. Solo miras alrededor. La gente que entra y sale. Las conversaciones que no comprendes del todo. El ruido de platos, cucharillas y puertas que se abren.
Todo es nuevo, pero al mismo tiempo extrañamente familiar.
En ese momento el viaje empieza de verdad.
No hay prisa. No hay plan inmediato. Solo una taza caliente entre las manos y la sensación de que todo el día está por delante.
El primer café en una ciudad nueva no es solo una bebida.
Es una pequeña pausa antes de empezar a descubrir.
Un punto de partida silencioso.
Un recordatorio de que, durante unas horas o unos días, ese lugar también será tu rutina.
Y todo empieza ahí.
Con un café sencillo en una mesa cualquiera.