Hay momentos en los que viajar significa aceptar que no entiendes absolutamente nada.
Ni el idioma.
Ni la carta.
Ni lo que acaba de decir el camarero.
Te sientas en una mesa pequeña, miras el menú y todas las palabras parecen imposibles. Algunas tienen demasiadas consonantes. Otras parecen larguísimas. Intentas encontrar algo familiar, pero no hay suerte.
El camarero espera.
Señalas una línea al azar. Sonríe. Asiente con seguridad. Se lleva la carta.
No sabes qué acabas de pedir.
Mientras esperas, observas el restaurante. Mesas llenas de gente local. Conversaciones rápidas que no logras descifrar. Un televisor pequeño en una esquina. El sonido constante de platos que entran y salen de la cocina.
Llega tu comida.
No es lo que esperabas. Pero tampoco sabías qué esperar.
Pruebas el primer bocado con esa pequeña mezcla de curiosidad y duda. Y de repente entiendes algo importante: a veces el viaje mejora cuando dejas de intentar controlarlo todo.
No saber exactamente qué estás comiendo.
No entender cada conversación.
No tener claro qué vendrá después.
Hay una libertad rara en eso.
Viajar no siempre consiste en entenderlo todo. A veces consiste en sentarte, señalar una línea al azar y confiar en que el resto del mundo sabrá guiarte un poco.
Y casi siempre funciona.