Hay un momento muy concreto al final de cada viaje.
No es cuando haces la maleta.
No es cuando pagas la cuenta del hotel.
Ni siquiera cuando subes al taxi que te llevará al aeropuerto o a la estación.
Es la última vuelta.
Sales a la calle sabiendo que ya te vas. No tienes ningún sitio concreto al que ir. No hay monumentos pendientes ni restaurantes reservados. Solo caminar un rato más por un lugar que, durante unos días, ha sido tu rutina.
Todo se siente un poco distinto.
La misma plaza que cruzaste el primer día. El café donde desayunaste ayer. La tienda pequeña que siempre estaba abierta cuando pasabas.
De repente todo parece más familiar.
Caminas más despacio. Miras más. Como si quisieras guardar algunos detalles que sabes que dentro de unos días empezarás a olvidar: el sonido de una fuente, una esquina concreta, la forma en la que la luz cae sobre una fachada a esa hora.
No haces muchas fotos.
Sabes que algunas cosas no se capturan bien. Se recuerdan.
Después vuelves al hotel, recoges tu equipaje y el viaje empieza a cerrarse poco a poco. Pero esa última vuelta queda flotando como un pequeño epílogo.
Porque todos los viajes tienen uno.
Un paseo sin objetivo.
Un recorrido corto que sirve para despedirse.
Y durante esos minutos finales entiendes algo curioso: ya no estás descubriendo la ciudad.
La estás recordando.