Hay bancos que no están hechos para quedarse.
No porque sean incómodos.
Ni porque estén mal colocados.
Sino porque están en medio de algo que no se detiene.
Puede ser una calle con mucho paso. Una plaza donde la gente entra y sale constantemente. O una esquina donde siempre ocurre algo: alguien que llega, alguien que se va, alguien que se detiene solo un momento.
Te sientas.
Al principio parece un sitio más. Pero en pocos minutos empiezas a notar el ritmo. La gente no se queda. Nadie se instala. Todos pasan.
Una pareja consulta el móvil y se levanta.
Un hombre deja una bolsa, se ajusta la chaqueta y sigue caminando.
Alguien se sienta, mira alrededor durante unos segundos… y se va.
El banco no es un destino.
Es una pausa.
Un punto intermedio entre un sitio y otro. Un lugar donde la gente respira antes de continuar. Donde nadie pretende quedarse demasiado tiempo.
Y, sin embargo, si decides quedarte un poco más, ocurre algo curioso.
Empiezas a ver patrones.
Los mismos pasos.
Los mismos gestos.
El mismo tipo de despedidas rápidas.
Te conviertes en el único que no tiene prisa.
Y durante unos minutos, mientras todo el mundo sigue su camino, entiendes algo sencillo: viajar también es eso.
No moverse.
Sentarse en un sitio donde todo pasa… y decidir quedarse un poco más de lo que ese lugar parece permitir.