Hay trayectos que no están pensados para llegar rápido.
Los ferris son uno de ellos.
Subes con la idea de cruzar de un punto a otro. A veces es una isla cercana. A veces es solo la otra orilla de una ciudad portuaria. En el mapa parece un recorrido corto.
Pero en el ferry el tiempo funciona de otra manera.
El barco se separa del muelle lentamente. Las cuerdas se sueltan, el motor empieza a vibrar suavemente y el agua se abre detrás formando una estela blanca que se queda flotando unos segundos más de lo normal.
La gente se reparte por la cubierta.
Algunos se sientan dentro. Otros salen al aire libre aunque haga frío. Siempre hay alguien apoyado en la barandilla mirando el horizonte como si estuviera esperando ver algo concreto.
No ocurre gran cosa.
Un grupo de gaviotas sigue el barco durante unos minutos. El viento mueve el pelo de los pasajeros. Alguien abre una bolsa de patatas. Un niño corre de un lado a otro de la cubierta.
El ferry avanza sin prisa.
No es un transporte diseñado para optimizar el tiempo. Es más bien una pausa entre dos lugares. Un trayecto donde nadie tiene demasiado que hacer excepto mirar el mar y dejar que el viaje continúe.
Cuando por fin aparece el otro puerto, el barco reduce la velocidad.
Las casas vuelven a estar cerca. El ruido del motor cambia. La cubierta empieza a vaciarse.
El ferry se acerca al muelle con calma.
Y durante unos minutos más tienes la sensación de que el viaje no estaba realmente en el destino… sino en ese trayecto que tardó más de lo necesario.