— ¿Al aeropuerto?
Asientes.
No dices mucho más.
La ciudad pasa por la ventana como si fuera más rápida que cuando llegaste. Las calles que hace unos días eran nuevas ahora te resultan familiares. Reconoces esquinas. Un bar. Un cruce.
Todo ya te suena.
El taxista pone la radio. Suena algo suave. No molesta. Tampoco acompaña demasiado.
Solo está.
Miras el móvil. Luego lo guardas. No hay nada que mirar realmente.
El viaje se ha terminado.
O eso parece.
Porque en ese trayecto, entre el centro y el aeropuerto, hay algo que siempre ocurre.
Empiezas a recordar.
Un sitio concreto.
Una conversación.
Un momento que no parecía importante… y ahora sí lo es.
El taxi avanza.
No tienes prisa. Pero tampoco puedes pararlo.
— Ya estamos
Pagas. Bajas. Coges la maleta.
Y justo antes de entrar, te giras un segundo.
Como si la ciudad todavía estuviera ahí.
Como si no quisieras irte del todo.