Hay viajes que no eliges tú.
Los elige él.
Tú solo vas detrás, sin pensar demasiado. Puede que fuera una escapada corta. Un fin de semana en coche. Un destino que en ese momento no te parecía gran cosa.
Tu padre conducía.
Siempre parecía saber a dónde ir, incluso cuando no estaba del todo claro. Paraba donde le parecía bien. Elegía bares sin mirar nada. Preguntaba a desconocidos como si llevara toda la vida en ese sitio.
Tú mirabas por la ventana.
El paisaje pasaba sin demasiado orden. Gasolineras, carreteras secundarias, algún pueblo pequeño donde parasteis a comer sin saber muy bien por qué.
No había plan.
O si lo había, él lo tenía en la cabeza.
Con el tiempo te das cuenta de algo.
Ese viaje no iba del destino.
Iba de él.
De cómo hablaba con todo el mundo.
De cómo se tomaba el tiempo sin prisa.
De cómo parecía que viajar era algo sencillo.
Hay cosas que no valoras en ese momento.
Pero se quedan.
Años después, cuando haces un viaje parecido, te sorprendes repitiendo gestos. Parando en sitios que no estaban previstos. Decidiendo sin mirar demasiado. Confiando más.
Y entiendes algo.
Quizá ese viaje nunca terminó del todo.
Porque hay formas de viajar que se aprenden sin darte cuenta.
Y que, aunque cambien los destinos… siempre llevan algo de quien te enseñó a empezar.