En cada aeropuerto hay uno.
No corre. No parece nervioso. No mira el panel cada dos minutos. Pero siempre aparece cuando el embarque está a punto de cerrar.
Mientras el resto de pasajeros lleva media hora esperando junto a la puerta, él llega caminando con tranquilidad. Mira el número del vuelo, confirma la puerta y se coloca al final de la fila como si todo hubiera estado calculado desde el principio.
Nadie sabe cómo lo hace.
Quizá conoce bien el aeropuerto. Quizá ha volado tantas veces que ya sabe exactamente cuánto tarda cada control, cada pasillo, cada cinta transportadora.
O quizá simplemente confía.
Los aeropuertos están llenos de dos tipos de viajeros.
Los que llegan con muchísimo margen y se sientan frente a la puerta como si estuvieran custodiando el avión. Y los que aparecen en el último momento, cuando ya están llamando a las últimas filas.
El viajero que llega justo al embarque no parece preocupado. No tiene prisa por subir. No se levanta cuando anuncian el primer grupo. Espera.
Sabe que el avión no despega antes de tiempo. Sabe que la fila se moverá despacio. Sabe que, al final, todos acabarán entrando por la misma puerta.
Mientras otros revisan el billete tres veces, él mira alrededor. Observa a la gente. Escucha idiomas distintos. Se toma el tiempo que otros intentan ahorrar.
Cuando llega su turno, enseña la tarjeta de embarque y desaparece por el túnel.
Ni antes ni después.
Justo a tiempo.
Viajar también es eso: encontrar tu propio ritmo dentro del caos de un aeropuerto.