La conversación inesperada en un tren

Los trenes tienen algo que los aviones no tienen: tiempo compartido.

Te sientas junto a la ventana. Colocas la mochila arriba. Miras de reojo a la persona que ocupará el asiento de al lado y esperas que no hable demasiado… o que no hable nada.

El tren arranca.

Durante los primeros minutos solo hay silencio y el sonido constante de las vías. Paisajes que pasan como si alguien los deslizara con el dedo. Campos, fábricas, estaciones pequeñas que apenas duran unos segundos.

Y entonces ocurre.

Una pregunta sencilla.

¿Vas muy lejos?

No es una invasión. Es curiosidad ligera. Respondes. Él también responde. O ella. Da igual. En cinco minutos estáis hablando de destinos, de viajes improvisados, de ciudades que os sorprendieron y de otras que no cumplieron las expectativas.

No sabes su apellido. No sabes a qué se dedica exactamente. No importa.

El tren crea una especie de burbuja temporal donde todo es provisional. Sabes que esa conversación tiene fecha de caducidad. Que terminará cuando alguien recoja su abrigo y el altavoz anuncie la próxima parada.

Quizá por eso es más honesta.

Se dicen cosas que probablemente no contarías en otro contexto. Opiniones sinceras. Recuerdos que aparecen sin pensarlo demasiado. Recomendaciones anotadas en un papel arrugado.

El paisaje sigue cambiando. El trayecto avanza.

Cuando llega el momento, os despedís con una naturalidad extraña. Un “buen viaje” que significa algo más que cortesía.

Te quedas mirando por la ventana unos segundos más.

No volverás a ver a esa persona. Pero durante una hora compartisteis algo que no estaba en el billete.

Viajar también es eso.

Cruzar caminos que solo duran una estación.

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