En Lisboa hay ventanas que cuentan más que cualquier mirador.
No están en lo alto de la ciudad.
No salen en las guías.
No tienen carteles.
Pero en barrios como Alfama, basta con abrir una ventana para que todo pase delante de ti.
Llegas a la habitación sin esperar gran cosa. Subes escaleras estrechas, de esas que parecen no terminar nunca, y entras en un espacio pequeño, sencillo.
Dejas la mochila. Te acercas a la ventana.
Y ahí está.
Una calle estrecha, empedrada, con ropa tendida cruzando de balcón a balcón. Las fachadas gastadas, los azulejos irregulares, las puertas abiertas dejando ver fragmentos de vida.
Te apoyas.
Alguien pasa hablando en portugués sin levantar la voz.
Una mujer riega plantas en una ventana de enfrente.
Un vecino se asoma, mira hacia abajo y vuelve a desaparecer.
No es una vista diseñada.
Es una escena que ocurre todos los días.
Y, sin embargo, te quedas mirando como si fuera algo excepcional.
Porque en ese momento no estás viendo Lisboa desde fuera. La estás observando desde dentro. Desde una distancia tan cercana que casi parece que formas parte de ella.
No hay prisas.
No hay necesidad de salir corriendo a ver más cosas.
Durante unos minutos, el viaje se detiene en una ventana abierta.
Y entiendes algo sencillo.
A veces no necesitas subir al mejor mirador de la ciudad.
A veces basta con asomarte… y mirar hacia abajo.