Que Nueva York cansa.
Que caminas más de lo que pensabas.
Que todo va rápido.
Que el ruido no se apaga nunca del todo.
Nadie te cuenta que habrá un momento en el que querrás parar.
Sentarte en cualquier sitio.
Mirar a la gente pasar.
Dejar de intentar verlo todo.
Y entonces ocurre algo.
Te acostumbras.
Empiezas a entender el ritmo.
A cruzar sin pensar.
A moverte como uno más.
Nueva York deja de impresionarte… y empieza a encajarte.
Y ahí es cuando la ciudad cambia.
Porque ya no estás intentando descubrirla.
Estás empezando a formar parte de ella.