Sevilla cuando huele a azahar

En Sevilla hay un momento del año en el que el aire cambia.

No se ve. No suena. No avisa.

Pero de repente, mientras caminas por una calle cualquiera, lo notas. El olor a azahar aparece sin pedir permiso y lo ocupa todo.

No importa si sabes de dónde viene el naranjo. No importa si puedes verlo. El perfume es tan intenso que parece tener cuerpo. Se mezcla con el sol que cae recto sobre las fachadas claras, con el eco lejano de unos pasos sobre el suelo de piedra, con el murmullo tranquilo de la gente que no tiene prisa.

Sevilla en esos días no se recorre. Se respira.

En una plaza pequeña, alguien lee apoyado en una fuente. Dos personas discuten en voz baja desde un balcón abierto. Un camarero seca vasos mientras mira hacia la calle como si estuviera esperando algo.

El azahar lo envuelve todo.

No es un olor discreto. Es un recuerdo anticipado. Porque cuando te vayas, cuando estés en otra ciudad, cuando abras una ventana en cualquier parte del mundo, si vuelves a olerlo, regresarás aquí sin esfuerzo.

Hay ciudades que se recuerdan por lo que ves.
Otras, por lo que haces.

Sevilla, en primavera, se recuerda por lo que respiras.

Y basta un segundo para que todo vuelva.

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