Hay barrios que se recorren caminando.
Y otros que se entienden sentándose.
Trastevere, en Roma, es uno de esos lugares donde todo empieza en una mesa pequeña. Las calles son estrechas, empedradas, llenas de fachadas desgastadas por el tiempo y de plantas que caen desde los balcones como si llevaran ahí décadas.
Cuando cae la tarde, las mesas empiezan a aparecer.
Primero una. Luego dos. Luego toda la calle parece convertirse en un comedor improvisado. Los camareros caminan rápido entre conversaciones en italiano, platos de pasta que salen de la cocina y copas de vino que se llenan una y otra vez.
Te sientas.
Al principio observas. Siempre hay alguien riendo demasiado fuerte. Una familia hablando con las manos. Un músico callejero afinando una guitarra en una esquina.
Roma no tiene prisa por cenar.
Los platos llegan despacio. Nadie mira el reloj. Las conversaciones saltan de mesa en mesa como si todo el barrio formara parte de la misma historia.
La noche cae sin hacer ruido.
Las luces amarillas se reflejan sobre las piedras antiguas y el murmullo de la calle se convierte en una especie de banda sonora constante.
En algún momento te das cuenta de algo curioso: no estás haciendo nada especial.
Solo estás sentado en una mesa pequeña, en una calle cualquiera de Trastevere.
Y, sin embargo, ese momento tiene exactamente la forma que debería tener un viaje.