En Lisboa hay una forma distinta de mirar la ciudad: sentado.
El tranvía 28 no es solo transporte. Es una línea amarilla que atraviesa cuestas imposibles, fachadas desconchadas y calles tan estrechas que parece que vas a rozar los balcones con la mano.
Te sientas en un asiento de madera. Cruje ligeramente cuando el tranvía arranca. La ciudad empieza a moverse despacio frente a ti.
Sube. Baja. Se inclina.
Una señora mayor entra con bolsas de la compra. Un turista intenta hacer una foto sin que salga el reflejo del cristal. El conductor frena con decisión en una curva cerrada y todo el vagón se balancea como si respirara al mismo tiempo.
Lisboa no se muestra de golpe. Se deja ver en fragmentos.
Un mirador que aparece de repente entre edificios.
Una colada blanca ondeando sobre la calle.
Un café diminuto con tres mesas pegadas a la pared.
Desde el asiento del 28 no tienes que decidir hacia dónde ir. Solo observar.
El tranvía avanza como si conociera cada historia, cada esquina, cada grieta en las paredes cubiertas de azulejos. Y tú, por unos minutos, formas parte de ese recorrido lento y cotidiano.
Hay ciudades que se caminan.
Otras se contemplan desde arriba.
Lisboa se mira mejor dejándose llevar.